Rosa Filipina, nacida
en Grenoble, Francia, en 1789, sintió desde muy joven la llamada
a manifestar el amor del Corazón de Jesús en tierras lejanas.
Tras largos años de espera pudo hacer realidad su deseo al marchar
a América y fundar allí la primera comunidad del Sagrado
Corazón en el Continente Americano.
Las dificultades de aquellos tiempos (hambre, frío, miseria,
epidemias) no fueron obstáculo para vivir con alegría
y generosidad todas sus tareas. Otras mujeres se sintieron atraídas
por su testimonio y la Congregación pudo así atender a
nuevas necesidades.
Rosa Filipina permaneció en América 33 años, hasta
su muerte. Allí se entregó con vigor a la misión
y poco antes de morir pudo ver realizado su sueño de vivir con
los indios potowatomíes. Aunque demasiado mayor para esa tarea,
los indígenas la recordarían como "la mujer que siempre
reza".