
Me desplomo sobre
una silla del tanatorio después de mirar por el cristal el rostro
irreconocible de Mirentxu dentro de la caja y me pongo a llorar desconsolada.
La noticia de su muerte ha sido un mazazo que no esperaba. Precisamente
ella, que era un chorro de vitalidad, y de proyectos, y de sabiduría
para disfrutar de la vida.
Precisamente ella, que era un nudo de relaciones, una de esas personas
con el don rarísimo de establecer vínculos estables y
únicos con montones de gentes de todo tipo y condición.
Precisamente ella, que nos hacía falta a tantas personas y que
nos deja tan desvalidos, a Luis y a los niños sobre todo. Y justo
cuando parecía que estaba mejor y que el tratamiento estaba surgiendo
efecto.
No hay derecho, pienso, y me suben oleadas de rebeldía y de preguntas.
¿Por qué ella, por qué? No entiendo nada ni quiero
entenderlo; es injusto y cruel e incomprensible y se me atascan las
lágrimas en la garganta.
En el tanatorio abarrotado hay un silencio denso. Miro los rostros de
tanta gente, conocida y desconocida y leo en todos el mismo estupor
y la misma pena honda que nos quita hasta la gana de hablar.
Va a haber una misa y siento, junto a la necesidad de rezar, una especie
de bloqueo con Dios, una imposibilidad de dirigirme a El, porque en
el fondo le estoy pidiendo cuentas de esta muerte incomprensible. Espero
que el cura no se ponga a repetirnos una homilía de plástico
de las de siempre: que la muerte es un misterio insondable, que ella
está ya gozando en el cielo y que nos tiene que consolar mucho
el que haya dejado de sufrir. Lo miro con prevención, conminándole
internamente a que se abstenga de decirnos nada de eso.
"Lectura del santo evangelio según San Juan": "Las
hermanas de Lázaro le mandaron este recado:-Señor, tu
amigo está enfermo (...)
El dijo: "-Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy
a despertarlo.(...) Al ver a María llorando y a los judíos
que lo acompañaban llorando, Jesús se estremeció
por dentro y dijo muy agitado:-¿Dónde lo habéis
puesto?. Le dicen: -Señor, ven a ver. Jesús se echó
a llorar. Los judíos comentaban: -¡Cuánto lo quería...!"
(Jn 11,3.11.35)
No comenta nada y propone unos momentos de silencio.
Ahora y aquí. Renunciar a las explicaciones, a los intentos de
saber por qué, al lenguaje nefasto del "Dios lo ha permitido",
"hay que aceptar su santísima voluntad...", "se
ve que ya había completado su carrera, después de hacer
tanto bien..."
¡Fuera! Echar a latigazos a esos mercaderes que nos ofrecen idolillos
canijos del dios que "se lleva siempre a los mejores...",
del dios de "los inescrutables designios", del dios que decidió
ayer, con el pulgar hacia abajo como Nerón, la muerte de Mirentxu.
Expulsar a la calle, sin contemplaciones, a todos los que intenten profanar
nuestro templo y ocupar con palabras huecas como globos hinchados, el
espacio vacío de una ausencia que nos hace daño. Porque
ese dios con el que pretenden consolarnos no tiene nada que ver con
el de Jesús.
Y por eso, abrirle la puerta solamente a él, deshecho también
por la muerte de su amigo Lázaro. A ese Jesús que también
preguntaba "por qué", que se atrevió a decir
que no quería morir y que gritó: "Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Dejarle entrar,
y sentarse junto nosotros, y llorar porque Mirentxu ya no está
a nuestro lado y porque no está dormida sino muerta.
Aceptar su silencio, tan impotente como el nuestro y también
sus lágrimas. Apoyar la cabeza sobre su hombro y hablarle de
ella, y de cuánto la queríamos, y del hueco que nos deja.
Dejar que su presencia vaya dándonos seguridad y amansándonos
la rebeldía, no el dolor. Consentir que, tímidamente,
se nos vaya encendiendo en medio de la oscuridad la llamita de una fe
vacilante; escuchar su voz que nos asegura que Mirentxu está
en buenas manos.
Pedir a Jesús que ponga la roca de su propia fe debajo de nuestros
pies, que nos deje apoyarnos en la confianza inquebrantable que él
tenía en aquél a quien llamaba Abba, Padre.
Confesarle que aborrecemos las calcomanías de colores chillones
que nos presentan un cielo lleno de ángeles tocando el arpa y
personajes vestidos de blanco y palmas en las manos, como en un interminable
domingo de Ramos y sin más aliciente que la visión beatífica.
Escucharle recordarnos que él de lo que habló fue de un
hogar caliente con sitio para todos, de una mesa abierta en la que habrá
buena comida y vinos de solera, de un Dios que enjugará las lágrimas
de todos los rostros y lavará los pies de sus hijos, llenos de
polvo del camino. Y que no tiene la culpa de que luego vengan los libros
de teología y lo compliquen todo.
Quedamos con él y entre nosotros en que lo de Mirentxu no se
va a acabar aquí: que vamos a seguir tejiendo el mismo tejido
relacional que ella ha dejado a medias, y que cada uno va a encargarse
de recordar a los otros que ella nos sigue animando en una tarea en
la que queda mucho por hacer.
Son las 12 de la noche y cierran la sala donde estamos. Fuera ha descargado
una tormenta y huele a asfalto mojado. Nos abrazamos fuerte y nos miramos
sin decirnos más que "Hasta mañana".
Pero cada uno de nosotros ha vuelto a encontrar, como tantas veces nos
ocurría al estar junto a Mirentxu, la certeza de que la muerte
no tiene la última palabra y de que la Vida es siempre más
fuerte.
Venezuela,
Lolín Menéndez rscj