Mariasun Escauriaza
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De
vez en cuando entre semana, en vez de ir a la Eucaristía en la
parroquia del barrio de Nazaret, me doy un paseo hasta la iglesia de
Santa María del Mar a las nueve de la mañana.
Me gusta encontrarme en varias iglesias de Valencia con el fresco del
Salvador Eucarístico que teniendo en sus manos la forma grande
transformada ya en su Cuerpo, nos lo muestra, con el mismo gesto con
que el sacerdote lo hace en el momento de la consagración: “Tomad
y comed, éste soy Yo que se entrega por vosotros”, y, “haced
esto en memoria mía”.
Las lecturas de hoy, miércoles de la primera semana de Adviento,
despertaban el deseo de ser alimentados y saciados con manjares frescos
y vinos sabrosos. El profeta Isaías hablaba del banquete que
el Señor Yahvé tiene preparado en su monte para todos
los pueblos. En el evangelio, estaba Jesús en medio de nosotros,
muchedumbre de lisiados, de cojos, de ciegos y de mudos, curados y siempre
necesitados de curación. Jesús sentía compasión
y no quería enviarnos a casa en ayunas, en medio del desierto.
Su convite no llegaba más allá de unos panes y unos peces,
comida pobre, pero fruto del esfuerzo por compartir lo poco o mucho
que somos y tenemos, en el día a día, y por eso ya multiplicado
y transformado en Cuerpo suyo.
¿Cómo no acudir a celebrar la Acción de Gracias,
y comer y beber con otras y otros que sienten el desierto y que tienen
hambre y sed como yo?
En
mis primeros años de Suecia me tocó ayunar de Eucaristía.
La parroquia católica estaba a unos tres cuartos de hora de nuestra
casa yendo en coche, las carreteras estaban con frecuencia nevadas.
Lo más frecuentemente había que contentarse con el domingo
y entonces, sin prisa, contar unas con otras para poder ir juntas en
el coche. Nos llevaba toda la mañana, pues la celebración
de la Misa, que era Mayor, continuaba en el salón parroquial,
sentándonos unos con otros a tomar un café y algo más,
para después regresar a nuestros pueblos.
Nuestra asamblea era pequeña, la homilía era una penitencia,
pero en medio de la aridez y frío, sabíamos que la Eucaristía
nos convertía en Iglesia a los dispersos en la región.
La Vida y el Espíritu, aunque no sensiblemente, se daban. Éramos
con todo una pequeña parábola del banquete del cielo y
de la Iglesia Católica multicultural, “hombres mujeres
y niños de toda raza y nación”.
Más adelante en Goteborg, los últimos siete años,
el Señor me resarció. En una ciudad mayor, más
europea, la parroquia era como nuestra Catedral. Los católicos,
jóvenes y mayores disfrutaban con la Eucaristía, la preparaban,
participaban, leían, cantaban en el coro y entre la asamblea,
distribuían la Comunión. Lo normal en Suecia es recibir
también el cáliz (hay varios), tomarlo y beber de él.
No importa si la procesión se alarga. Así lo hace también
la Iglesia luterana
La luz, el silencio, la buena música, las monaguillas/os los
jóvenes, conscientes de su papel alrededor del altar y bien entrenados,
las caras conocidas y amigas, los voluntarios y la directiva de Caritas,
los niños de la catequesis, los jóvenes matrimonios resultantes
de convivencias y jornadas mundiales o nacionales de la juventud, el
gentío de toda lengua y nación era mucho más sensible.
Sin embargo, el Banquete era el mismo que el de años anteriores:
la Presencia del Resucitado dándose a sí mismo y haciéndonos
ser Iglesia.
En este segundo caso la inconsecuencia estaba en no vivir lo que supone
la Eucaristía como mesa abierta a todos. La parroquia había
abierto alguno de sus locales más amplios a una organización
nueva cuyos voluntarios se turnaban por las noches en recorrer las calles
de Goteborg y traer al albergue bien improvisado y cuidadosamente preparado
a unos quince “sin techo” que encontraban por las calles
esa noche. No todos los feligreses estaban de acuerdo con “el
albergue parroquial”.
También había dolor, el dolor de que los hermanos luteranos
que se sentían en casa en nuestra Eucaristía y acudían
a ella con frecuencia, sabían que no debían participar
en la comunión. Según la iglesia católica de Suecia
es bueno que unos y otros sintamos ese dolor mientras no seamos “uno”
en la fe eclesial. La norma es así; ante ella, el Espíritu
les lleva a unos a respetarla, a otros a seguir el deseo del corazón
y participar del Banquete como uno más.
Nosotras,
llamadas a ser comunidad, convocadas a la misma mesa, ¿no vamos
a veces a la Eucaristía como individuos sueltos?¿Cómo
podemos sentir y expresar con más frecuencia, los domingos y
en las grandes fiestas de Navidad, Pascua, Pentecostés y Cuerpo
de Cristo, que somos comunidad que celebra la Acción de Gracias
unidas entre nosotras y a la Iglesia local, para ser recreadas como
comunidad y como Iglesia junto con ella?