Había
una vez una hormiguita negra, en una noche negra, sobre una piedra negra.
Y
Dios la veía. Y Dios la llamó:
- ¡Hormiguita!
- Aquí estoy. Señor, respondió ella. xi o i
- Hormiguita, dijo Dios, quiero que me construyas un edificio igual
al museo Nacional.
- Está bien. Señor, asintió la hormiguita.
Y
se puso a pensar: "Si el Señor quiere un edificio como el
Museo Nacional, lo primero será saber cómo es el Museo...
Una
hormiguita, ustedes ya saben, es demasiado pequeña
para abarcar de una ojeada el gran edificio. ¿Cómo hacer?.
Sus patitas y sus antenas, una hormiguita no tiene otra cosa. Había
que utilizarlas en cumplimiento del mandato de Dios.
Allá se fue a recorrer palmo a palmo, moldura por moldura la
fachada del enorme caserón, hasta tener perfectamente clara en
la memoria una "fotografía" infinitamente reducida,
del aspecto exterior del Museo. Tardó en ello ocho meses.
"Ahora los planos", se dijo ilusionada la hormiguita. Y a
movilizar otra vez antenas y patitas para recorrer por dentro y por
fuera, toda la planta del edificio y quedarse con un planito, a escala
infinitesimal, dentro de su negra cabecita.
Esta vez tardó casi tres años en la empresa.
El problema siguiente era encontrar el terreno apropiado: un terreno
que midiera exactamente los millones de pasitos de
hormiguita al cuadrado que eran necesarios para realizar sus planos.
Fue difícil. Un año entero recorrió terrenos hasta
dar con uno que le sirviera.
Pero ya estaba ahí. La hormiguita negra podía comenzar.
Y empezó, sí señor.
Primero
trazando una línea que dibujara sobre el terreno los trazos generales
de la construcción. A veces el viento demasiado fuerte, a veces
los paseantes despreocupados, la obligaban a rehacer una parte del dibujo...
pero al final sintió que su esfuerzo iba a ser recompensado,
podía empezar a excavar los cimientos.
Y a ello se puso llena de entusiasmo. Esta tarea le pareció más
fácil, más afín con su oficio de construir hormigueros:
con sus patitas aflojaba terrones diminutos y los depositaba fuera de
los límites de su "plano". Pronto una serie de montículos
iban marcando el avance de los trabajos.
Habían
transcurrido cinco años y llevaba ya excavada una zanja de unos
diez centímetros, cuando la hormiguita volvió a oír
la voz de Dios:
- Hormiguita, llamó El
- Aquí estoy Señor, respondió ella, como la primera
vez.
- Hormiguita te pedí que me construyeras un edificio parecido
al Museo Nacional.
- Sí Señor, informó la hormiguita: ya aprendí
la fachada, saqué los planos, encontré el terreno, y estoy
empezando a cavar los cimientos...
Entonces Dios sonrió.
- Hormiguita, estoy contento de ti. Yo haré lo demás.