EL PRINCIPE Y LA ESTUFA
VOLVER
     


Me acababa de levantar cuando lo descubrí entre ios cristales helados de mi ventana. A pesar de ir abrigado, temblaba de frío. Él no estaba solo, iba a! frente de un pequeño grupo de voluntarios. Jamás había visto un líder tan joven y tan extraordinario como él.

Mis ojos, cansados de soñar sin dormir, se esforzaban para no dar crédito a aquella visión heroica, tan opuesta a mi vida. Temblé de rabia contenida cuando noté que me miraba. Me dijo con voz segura, fuerte, pero al mismo tiempo amable:

- ¿Vienes conmigo?

Como si no le hubiera escuchado, casi disimulando, dije alguna palabra parecida a "¿qué me dices?", "¿cómo?"

- Que si quieres seguirme como voluntario?

Tartamudeando débilmente, !e respondí:

- "No, no puedo. Es que estoy aquí atado. Sí, verás, atado voluntariamente al calor suave de mi estufa."

El me volvió a mirar. Mientras yo disimulaba, su voz fuerte resonó majestuosa, con la nobleza propia de las cascadas de aguas nítidas:

-"¡Adelante!"

Sus amigos decididos se fueron detrás de él, dejando huellas sobre la nieve blanca, huellas limpias, nuevas, como nueva era la luz del sol de invierno.

Pero yo, yo no. Me quedé detrás de los cristales, atado suavemente, cómodamente ai calor de mi estufa. De repente, unas lágrimas cálidas saltaron de mis ojos avergonzados, más despiertos que nunca. Lloré con toda la fuerza de mi desconsuelo. No sé cuanto tiempo permanecí con mis suspiros cobardes. Hasta que alguien tocó mi espalda. Era é!, que volvía.

- "Dame tu mano" - me murmuraba -, porque sé que si me la das, detrás de ella seguirá tu corazón. Y eso es lo único que quiero de ti.

R. Tagore "Parábolas como darríno."