Erase
una vez, un respetable hombre rico que vivía en una gran mansión.
En el otro lado de la montaña, vivía una pobre mujer,
que se buscaba la vida con su joven hija Yayoi.
En
la cima de la montaña había un árbol inmenso que
llegaba hasta el cielo.
Cada mañana y cada tarde, Yayoi caminaba bajo el árbol
para ir y volver de la casa del hombre rico, pues la habían contratado
por tres años de sirvienta.
El
árbol gigante era su apoyo: ella se recostaba contra el tronco
y le contaba sus tristezas y angustias. Cada vez que lo hacía,
el árbol susurraba con sus grandes ramas y hojas.
Todos los de la casa del hombre rico querían a Yayoi, pues era
dulce y trabajadora. Ella siempre guardaba una taza de arroz de su cena
y se la llevaba a su madre diciendo: "Ya estoy aquí, madre.
Por favor toma esto. Tendrás hambre."
Llego el tiempo en que apenas quedaban tres días para que se
acabase el contrato de su servicio en la casa. A su regreso, con la
cena para su madre, como de costumbre, llegó a la cima de la
montaña. De repente comenzó a llover a torrentes.
"Qué hago?" pensó. Corrió a refugiarse
debajo del inmenso árbol. "Amigo árbol, amigo árbol!
en tres días terminaré con mi trabajo. Y entonces puedo
quedarme con mi madre." Dijo en un susurro, acurrucándose
bajo su refugio.
"Amiga Yayoi, amiga Yayoi." A cada palabra, las hojas susurraban.
"Quién llama?" La niña preguntó, volviéndose
hacia arriba al inmenso árbol.
"Soy yo, el espíritu-árbol. Te he visto en estos
tres años, cómo ibas a trabajar. Te he visto con admiración.
Escucha, y te diré algo." La niña escuchó.
En tres días el señor feudal de este territorio enviará
a los obreros a que me corten. En tres meses, harán de mí
un barco. Cuando el barco esté hecho, me pondrán a la
mar. Pero el barco no se moverá nada. El señor mandará
un aviso oficial ofreciendo un premio a la persona que pueda dirigir
el barco. Le ofrecerá lo que desee.
Párate en la proa del barco y grita: "Venga! Yayoi!"
A tu palabra, el barco se deslizará en la mar."
La voz se apagó. Cuando Yayoi se despertó, la lluvia había
parado y el cielo estaba despejado. Regresó a casa, pensando
en lo que podría ser aquello que le sucedió.
"Madre, Madre, llego tarde por la lluvia tan fuerte." No le
dijo nada del árbol que hablaba.
Al día siguiente, cuando la niña llegó a la cima
de la montaña, el árbol extendía sus verdes hojas,
más refrescadas que nunca, después de la lluvia de la
noche anterior. Ella se paró, le hizo una reverencia al árbol
y siguió caminando.
Al tercer día, la niña iba saltando hacia casa, ya libre
de su trabajo. Se escuchaban voces por los caminos. Era un grupo de
hombres con hachas en la mano, que tumbaban al gran árbol.
"Ay! Lo que he oído ha sido de verdad el espíritu-árbol."
Regresó donde la madre, convencida de que lo que había
oído había sido un mensaje divino.
Pronto comenzó la construcción del barco. La niña
veía cómo iban formando un barco del tronco del árbol.
Sentía el dolor de separarse.
Después de tres meses, estaba hecho el barco. Fue el barco más
precioso que se había visto. El señor y una muchedumbre
se reunieron en la playa, y se decían:
"Ya está el barco. Vamos a lanzarlo a la mar."
Pero el barco no se movía. Los obreros gritaban: "Tira,
tira con fuerza!" Pero no conseguían moverlo. Examinaron
todo el barco, desde la proa hasta la popa para ver si faltaba algo,
pero todo estaba en orden.
El señor, irritado de que el barco permanecía inmóvil,
anunció:
"Si alguien puede mover este barco, le premiaré con lo que
desee."
Nadie podía mover el barco.
Al
oír esto, salió corriendo Yayoi y dijo: "Yo quisiera
mover el barco. Me dejaréis?"
"Tú quieres mover el barco? Si crees que puedes hacerlo,
inténtalo."
Parada en la proa, la niña acarició cariñosamente
el barco y dijo: "Venga, Yayoi! Venga, Yayoi!"
A la sorpresa de todos, el barco que no se había movido para
nada comenzo a deslizarse hacia el océano a sus palabras y flotaba
sobre el agua.
"Qué es esto? Qué es esto?"
"Qué es este poder que tiene esta niña?"
La gente estaba asombrada."No tengo ningún poder."
Dijo la niña tranquilamente.
El señor estaba tan contento que dijo: "He prometido que
te premiaría con lo que fuera tu deseo. Dime lo que quieres."
"Cuido a mi madre que tiene sesenta años. Estoy triste porque
no le puedo dar lo suficiente para comer ni lo suficiente para vestirla
en este frío. Por favor, concédeme que lo pueda hacer."
El señor le dio a Yayoi gran abundancia de granos y vestidos.
Gracias al espíritu-árbol, madre e hija vivieron felices
para siempre.