Cuando el Evangelio irrumpe en el cuerpo
Aprendiendo a mirar
Mt
17, 1-9
"Los llevó a un monte alto a solas
y se transfiguró delante de ellos"
Una tarde, mientras esperaba el autobús,
veo a un chico africano que sobre un paño en el suelo, vende
relojes a mil pesetas. Un mendigo se le acerca una y otra vez con
la mano llena de monedas, las cuenta pero no llegan ni a quinientas,
se va, vuelve, las cuenta de nuevo, y al final el chico africano le
ofrece el reloj, toma sus pocas monedas y le dice: "anda llévatelo,
que tú estás peor que yo"; y vi que sus ojos, de
repente, se llenaron de luz.
Hay personas
que nos ofrecen experiencias sencillas y hondas de transfiguración.
Cuando ves una mujer que anima a otros, que parece que siempre está
bien, que se preocupa por los demás, y de pronto un día
te enteras que tiene un problema enorme con uno de sus hijos y, entonces,
sientes cómo su rostro se transfigura. Cuando encuentras a
alguien que ha sufrido mucho, que ha recibido golpes y, en vez de
resentimiento o amargura, encuentras en su rostro señales de
bondad.
Cuando recibimos y entregamos a otros la vida que Dios pone en nosotros;
cuando escuchamos que somos hijos e hijas amados, la mirada sobre
el mundo y sobre nosotros mismos nos cambia. Ir creyendo, no sólo
con la adhesión intelectual sino por propia experiencia personal,
que Dios me quiere tal como soy, y que el que yo exista a él
le llena de alegría. Entonces recibiremos la luz que se esconde
en nuestras zonas más oscuras, se nos regalará el alegrarnos
por la vida de los otros, y podremos acogernos mutuamente desde lo
que cada uno somos, con toda nuestra fragilidad presente y con tanta
belleza por descubrir.