A veces nos cuesta tanto saber qué es lo que
queremos de veras. Buscamos algo que pueda saciar esta inquietud honda
que sentimos cuando de pronto nos paramos y miramos el mundo y nuestra
vida. Nos dices que vamos a Ti sin saber realmente porqué te
buscamos, sin reconocer aquello que traes, y hablas de un alimento
que permanece, que da vida verdadera. Estamos tan acostumbrados a
sucedáneos , a consumir tan rápidamente las relaciones
y las cosas, a tener experiencias fuertes y a vivir distraídos
y en busca de diversiones, que hemos perdido el sentido del gusto
para reconocer lo auténtico, estamos empachados y te pedimos
señales. “¿Por qué lo tuyo va a ser diferente?
¿Qué nos das tú que no nos pueda dar el mundo?”.
El secreto de tu pan es que
viene de las manos del Padre. Un pan que no podemos conseguir por
nuestra propia cuenta ni disponer de él, sino recibirlo y esperarlo.
Un pan que desvela la indigencia de nuestro corazón y que es
, a la vez, el único alimento que puede colmarlo de dicha;
un pan para ser repartido y celebrado.
Ojalá, Señor,
que podamos creérnoslo, que salgamos corriendo hacia Ti. Danos
el hambre, o mejor, danos el poder descubrir que eres Tú aquel
a quien buscamos detrás de las cosas; que es tu Cuerpo el puerto
definitivo de llegada de todos nuestros deseos.