Mariola López Villanueva rscj

 
De la esterilidad a la fecundidad

 

Abrazaremos hijos

 

La abuela de una compañera mexicana solía decirle: “¿que serás si te logras?” Eso que veía esta abuela en su pequeña nieta al mirarla, tiene que ver con lo que otra mujer, Ana la profetisa, contempló al mirar la vida incipiente de Jesús. No se nos dice explícitamente que fuera estéril, pero su condición de anciana viuda y sin hijos ahonda esta falta de fecundidad. Podemos imaginar que la vista de Ana se había menguado a sus 84 años, pero como dice un personaje de una historia de Galeano: “cuanto más se le achica la vista, más ve por dentro”. Ella tiene en sus manos al dador de la vida y sabe lo que va a llegar a ser cuando se logre.

Ana es hija de Fanuel, el nombre de su padre significa “rostro de Dios”, y ella lo va a descubrir en aquella pequeña vida que abraza. Se nos dice también que pertenece a la tribu de Aser, nombre propio que significa felicidad. ¿Qué sería de nuestra VR si se sintiera perteneciente a esta tribu?

El saber masculino tiende a extenderse a lo ancho, la sabiduría de la mujer crece en profundidad. Necesitamos los dos polos, el de Simeón y el de Ana, para poder adorar el misterio. Una mujer anciana y sabia de mi congregación decía: “Necesitamos dejarnos atraer por ese Dios escondido...No pararnos sólo en lo que el Señor nos dice, ni contentarnos con descubrir su presencia, sino llegar a consentir, a aceptar su plan, a adorar su misterio”.

Necesitamos hombres como Simeón y mujeres como Ana, de la tribu de los que están reconciliados con su propia vida; personas con una presencia benevolente y cariñosa hacia todo lo que les rodea. Familiarizadas con los cambios, y conocedoras de los misterios de la vida, de sus lados oscuros y de sus lados de luz. Capaces de iniciar a los que lleguen en la dignidad y en la generosidad, en la gratitud y en una existencia con sentido. Con sus ojos agrandados por dentro ellos pudieron percibir la salvación de un modo muy diferente a cómo la hubieran imaginado, en el gesto de tomar en brazos a un niño; en el encuentro de dos fragilidades a punto para la vida2.

Abrazar y contemplar lo vulnerable y frágil del mundo, ¿será éste el gesto necesario para la fecundidad? Nacemos con dos temores básicos, el miedo a la separación y el miedo a la desaparición. En este último podemos reconocernos en la VR, tenemos miedo a desaparecer. Simeón va ser curado de este miedo en la mirada del niño. Tiene sentido todo lo que ha vivido y por eso puede soltarse, y puede abandonarse en paz.

Cuentan que Ana “daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén” (Lc 2, 38). También los jóvenes esperan liberación. Demandan identidad en un mundo plural, buscan, aun si saberlo, vínculos hondos y estables en un tiempo de relaciones breves; y anhelan plenitud en medio de tantas ofertas de felicidad que los dejan insatisfechos. ¿Estamos preparados para ofrecerles esto? ¿Vivimos con anchura y gratitud nuestra pertenencia? ¿Gustamos la vida con todos sus ingredientes? ¿Nos dejamos sorprender, enriquecer, y querer por todos aquellos que han sido empobrecidos, sea cual sea la forma en que esta pobreza se manifieste?

Comenzaba este recorrido preguntándome porqué continuo y porqué quiero que otras vengan a vivir esto. No lo tengo todo resuelto en el corazón pero sigo en esta vida religiosa, re-ligada al Señor y re-ligada a sus pequeños, no porque sea capaz por mi misma de permanecer, sino por puro regalo Suyo, porque experimento un gusto grande al vivir lo que vivo y porque tengo hermanas, amigos y gente con la que compartirlo.

Recuerdo una conversación entre dos compañeras, una española dijo algo así: “nunca sabremos lo que es querer como una madre porque no tendremos hijos”, y otra, chilena ella, le contestó: “si en esta vida que llevamos no vamos a poder experimentar ese amor entonces me salgo”…Estamos aquí invitadas e invitados a aprender a amar. No hay otro motivo. Aprender a ser cauces del Amor incondicional que sostiene el mundo, y cada respiración; aprender a explorar sus lenguajes. Tenemos muchas más reservas de amor dentro de lo que podamos imaginar, y están necesitadas de que otros vengan a despertarlas. Podríamos decir con aquella abuela mexicana, “¿qué seremos si dejamos que Otro nos logre?”
Si le quitamos la luz a una planta, ella reunirá todas sus fuerzas para lograr encontrarla. En estos momentos en que estamos faltos de luz sobre el futuro de nuestras congregaciones, ¿será para nosotros una ocasión de reunir todas las fuerzas?

Sin que sepamos por qué, ni cómo, algún día comprenderemos, o comprenderán otros, que era necesario este despojo, esta disminución y fragilidad de las vocaciones, el no poder mantener las obras, la pérdida de relevancia social... ¿Nos hará bien tocar fondo, para reorientar nuestra vida desde sus cimientos más hondos? ¿Nos hará bien quedarnos sin nada, sentirnos morir como Raquel, para disponernos ante Dios de verdad, para dejarnos por fin en la cálida intemperie de Sus manos? ¿Vivimos quizás en la VR un tiempo de bendiciones disfrazadas? Lo que no está en nuestros proyectos está en los proyectos de Dios. Abandonémonos. A nosotros nos toca suplicarlo y dejarnos sorprender.

El profeta Eliseo quiso recompensar las atenciones de una mujer que le ofrecía hospitalidad y lo invitaba a comer en su casa, y se preguntaba qué podía hacer por ella. Su criado le respondió: “Por desgracia ella no tiene hijos y su marido es viejo”. Le dijo él, “Llámala”. La llamó y ella se detuvo a la entrada. Le dijo Eliseo: “el año próximo por este mismo tiempo abrazaréis un hijo” (2 Re 4, 16).

¿De verdad abrazaremos hijos en nuestra vejez?... ¿Abrazaremos hijos en los inmigrantes? ¿Abrazaremos hijos en la aventura intercongregacional? ¿Abrazaremos hijos en el diálogo con otras religiones?...

Habrá descendencia, aunque no todos lleguemos a vislumbrarla y sólo contemplemos, como Moisés y Séfora, a lo lejos, la delicada línea de la tierra de la promesa. Pero habremos andado nuestra parte del camino, habremos intercambiando nuestras historias de amor y de oscuridad para hacerlo posible y para seguir proclamando, precisamente en nuestras flaquezas, Su tremendo amor, Su gratuita gracia, Su inesperada visita...

Las palabras que podemos pronunciar son sólo indicios y señales, y son ya una gran esperanza las obras buenas...pero sólo el amor revela la Presencia que habita la hermosa diversidad de este mundo. Por nuestros amores nos conocerán: por el ánimo que despertemos, por las ganas de vivir que provoquemos en otros, por la justicia y la ternura con que actuemos. Ahí es donde tenemos que poner en juego todas nuestras energías. No tengamos miedo, en esa seguridad suave y alegre dejemos que sea Otro quien despliegue nuestras vidas y haga fecunda la tierra de nuestras congregaciones más allá de donde podamos ahora imaginar: Abono que desaparece, pequeñas flores que se ofrecen sólo por un tiempo, o sólidos árboles que cobijan a muchos...No nos toca a nosotros disponerlo.

Abrazaremos hijos en nuestra disminución, sea cual sea la forma inesperada en que lleguen; los abrazaremos por la acción y por la promesa del Acrecentador de toda vida. Que cuando vengan nos encuentren esperándolos y profundamente abiertos. Aprendiendo a alumbrar a Dios de modos nuevos, en lugares nuevos, gracias a ellos.

Y mientras tanto, ojalá puedan decir de nosotros aquello que Ana de San Bartolomé decía de Teresa de Jesús:
“Andaba con tanto agradecimiento por los caminos que todos gustaban de acompañarla”.