En
las casas de las Hermanitas de Jesús suele haber una talla
preciosísima. Es un niño del color de la tierra que
tiene los brazos extendidos, sonríe abiertamente, y dan ganas
de tomarlo y estrecharlo junto al pecho. Me recordaba una historia
de Galeano titulada el viaje, que cuenta así:
“Oriol
Vall, que se ocupa de los recién nacidos en un hospital de
Barcelona, dice que el primer gesto humano es el abrazo. Después
de salir al mundo, al principio de sus días, los bebés
manotean, como buscando a alguien.
Otros médicos que se ocupan de los ya vividos, dicen que los
viejos, al fin de sus días, mueren queriendo alzar los brazos.
Y así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto,
y por muchas palabras que le pongamos. A eso, así de simple
se reduce todo: entre dos aleteos, sin más explicación,
transcurre el viaje”.1
Vamos
a asomarnos, reconociéndonos ciegos, a ese viaje sorprendente
de Dios que es la Encarnación. Durante miles de años
lo hemos estado contemplando sin llegar a poder decirlo todo, vislumbrando
apenas unas pocas teselas de luz. Decía Edith Stein: “No
basta con arrodillarse una vez al año frente al pesebre para
que la vida humana sea inundada de la vida divina; más bien
es necesario que toda la vida esté en contacto con Dios.”2
Me
invitan a hacer una meditación sobre la Navidad a la luz de
la compasión. Un tiempo plagado de lugares comunes para nosotros,
en el que experimentamos emociones conocidas y también comercializadas,
y al que necesitamos acercarnos como si fuera la primera vez; allí
acontece lo primordial y lo profundo.
Algo
que llama la atención al mirar las escenas del nacimiento en
Mateo y en Lucas es que nadie encuentra al niño solo. Se le
presiente y se le busca con otros, junto a otros. Vamos también
nosotros a hacer este camino en compañía, para que las
aguas de la Navidad puedan empapar nuestras vidas y continúe
sorprendiéndonos un niño que no habla y muestra todo
de Dios.
1.- En tiempos de desplazamientos
En
círculos concéntricos va abriendo Lucas el tiempo en
que acontece la salvación. En tiempos del emperador Augusto,
en el nacimiento de la época imperial romana, cuando se imponen
las duras exigencias del censo, “una especie de daño
colateral visto desde el imperio” (cf. Lc 2, 1-5).3 En una historia
de opresión y de injusticia que se va concretar para Jesús
en el tributo, el camino, y el pesebre.
Las
informaciones de los medios, las cadenas de televisión, nos
van poniendo ojos para mirar lo de arriba, lo que cuenta, lo que vale,
lo que impera...mientras que Belén tira de nosotros hacia abajo,
nos pone ojos para lo que no aparece, lo que no cuenta, lo que casi
no se ve. En tiempos de desplazamientos forzosos para millones de
seres humanos, en la era de la tecnología y de la comunicación
virtual, somos invitados a mirar el revés de la historia para
encontrar salvación, a buscarla bajo el signo de la debilidad,
en un entorno prepotente.
En
esta historia, tremenda y hermosa, de la que formamos parte necesitamos
ubicarnos bien. No sólo con la cabeza, que ahí lo tenemos
más o menos claro, sino con nuestra sensibilidad, con nuestros
modos de hablar y de mirar, con aquello que dejamos que toque y afecte
nuestras vidas. Para el pueblo guaraní de la Amazonía
la sabiduría es “sentir el tiempo”. Parece casi
lo contrario a nuestro modo de ver: quisiéramos congelar el
tiempo, que no pasara, poder dominarlo, exprimirlo al máximo,
hasta llegar a abusar de él. Navidad tendría que ser
un tiempo para volvernos hacia el interior en medio de la agitación,
mirar adentro y dejarnos preguntar: ¿Presto atención
a la historia que vivimos, a sus dolores y a su belleza? ¿Reconozco
sus poderes (augustos, herodes, quirinos) y la vida vulnerable de
Dios alumbrándose en ella, a pesar de todo?
En
Navidad somos iniciados a sentir el tiempo de un modo nuevo, a hacernos
amigos de él; a nombrar y acompañar el tiempo que me
toca vivir, a habitar con intensidad la segunda, la tercera o la cuarta
etapa de mi vida. Cada momento esconde su perla y es muy hermoso si
podemos llegar a descubrirla. Necesitamos recuperar la fuerza del
hoy de Dios para con nosotros, asentir y poder reconocer el tiempo
de su venida en tiempos de desplazamientos. Sus pasos los percibimos
mientras llega y cuando ya ha pasado, y la historia es el rumor de
esos pasos. “Todo lo que llevo caminado son los pasos de Dios
que se me acerca, y todo lo que me falta por caminar es Dios que me
abre camino hacia Dios”.4 Venimos hacia Él cuanto más
hacia el fondo de nosotros mismos y de la realidad nos adentramos.
A mayor enraizamiento en el tiempo que nos toca vivir mayor capacidad
para ser sorprendidos en los lugares de abajo de la historia y sentir
que es, precisamente allí, donde la vida nos va madurando.
2.-
La vida entera se hace pesebre
La
mañana que comienzo a escribir esto desde Gran Canaria escucho
en la radio un terrible suceso que llega a través de un diario
senegalés: “150 inmigrantes murieron hace trece días
al partirse en dos el cayuco en el que viajaban en dirección
a las islas”, desgraciadamente nos vamos acostumbrando a estas
noticias y las historias se vuelven a repetir. En el alma de nuestras
sociedades, y en sus estructuras, sigue sin haber sitio para aquellos
que más lo necesitan.
Las
personas que vienen buscando la vida en medio de nosotros, carecen
de lo necesario para sobrevivir y, sin embargo, ellos son la estrella
que nos conduce hasta el Niño, una luz ¡tan potente!
que es increíble que nos cueste tanto seguirla. Dios nos invita
a mirar la realidad, a recibirla, desde aquellos que no tienen sitio,
para los que no hay lugar en la posada. Y sus ojos evitados se convierten
en la mirada angular para descubrir el significado del mundo. Es allí
donde Jesús nace.
Nace
al borde del camino, de unos padres que estaban en camino, buscando
grietas en nuestras sociedades para darse a luz a través de
nosotros. Jung decía: “tan sólo somos el establo
donde nace Dios” 5. Un establo suele oler mal, hay estiércol
mezclado con paja y heno. Es una imagen simbólica de nuestro
interior, y del interior de nuestras sociedades. Todo aquello que
hemos reprimido: necesidades, agresividades, las aristas que ocultamos,
lo no aceptado, lo no reconciliado…está allí abajo.
Necesitamos abrirnos, hacernos permeables, a veces nos abrimos a través
de las heridas. El establo está sin defensas, por eso entran
las lluvias y también el frío, pero es precisamente
en la apertura de su pobreza donde ocurre el nacimiento de la vida.
En los subterráneos, en los submundos de las ciudades y de
sus gentes, en los lugares donde huele mal acontece desde aquella
noche la manifestación de la gloria de Dios, el perfume de
su compasión.
Las
Marías y Josés de nuestro tiempo no se acercan al pesebre
pues ellos han estado siempre allí y quién se acerca
al Niño se acerca a ellos que están sumergidos en su
luz. Sea cual sea el tipo de pobreza que marca la vida de las personas:
material, psicológica, de sentido; esta carencia les empuja
hacia el pesebre, y quien se acerca a ellos se acerca al Niño,
aún sin saberlo. En la presencia de este Niño todo es
aceptado, todo encuentra su sitio. Nada se rechaza. Lo sucio y lo
que no cuenta, lo despreciable, lo mal mirado…pierde su aspecto
desagradable y se unge de calidez y suavidad. Todo queda transformado
por la irradiación de la luz que emerge desde dentro; y hay
mucho más sitio del que pudiéramos llegar a imaginar,
y mucha dignidad y mucha belleza.
“Cuando
el hijo ha nacido toda alma es María”, decía Eckhart6.
Convertirnos en madre es estar profundamente abiertos, sin mostrar
resistencias, en una creciente receptividad. Hacernos puro sitio,
pura capacidad, y la vida entera es pesebre, cueva, espacio sin fondo
donde acoger el desplegarse de uno mismo y de los otros, porque si
no nos acogemos en lo pequeño ¿cómo vamos a saber
acogernos en lo grande? Dice con sabiduría Agnes Abotón,
una mujer africana que vive en Barcelona, que cuando estamos receptivos,
abiertos, “la llegada de alguien es una alegría y un
placer”. Ella cuenta cómo anhela recuperar esas experiencias
de encuentro:
“En
Barcelona podías vivir en un bloque de pisos donde había
12 o 14 familias y mantenerte aislado de todas ellas sin saber si
estaban contentos o tristes, si tenían algún problema
o alguna alegría, sin más contacto que el ¡buenos
días! Si te topabas con alguien en el ascensor. Pasé
así muchos años…sin poder preparar un plato que
me gustara y llamar a casa de una vecina para ofrecerle un poco diciéndole:
“pruébalo, ¡verás que bueno está!”,
porque habría sido inconveniente, porque la pobre mujer no
habría entendido nada, porque esas cosas en una ciudad occidental
no se hacen. Echaba en falta unas relaciones más cercanas y
llanas, más espontáneas…En el África que
yo conozco todo el mundo tiene las puertas abiertas y la llegada de
alguien que te ofrece un poco de guiso que ha preparado es una alegría
y un placer. Es una señal de deferencia… Sigue sorprendiéndome
lo poco que la gente necesita compartir.”7
3.- Las puertas de la humildad
Cuando
Dios se manifiesta aparece la humanitas, la humanidad (Tito 3, 4-7).
Humanus no es únicamente humano, humanus significa también
ternura. Una persona humanus es una persona tierna. Apareció
un niño. Y Pablo dice: apareció la ternura y la dulzura
de Dios que salva8. La verdadera compasión sabe de esta ternura
y de esta reverencia ante el otro, no es únicamente una cualidad
del modo de ser de Dios, sino el Ser mismo que Él es. El que
se da amorosa y delicadamente, el que para darse desciende siempre
más bajo; está abajo. Dios toma el camino de la humildación,
se hace tierra fértil: Posibilitador de todo lo que existe,
discreto acrecentador de la vida. Crea y se retira para dejarnos ser.
El
“sí” de María, su modo libre de consentir,
abre las puertas a esta humildad compasiva de Dios. Nosotros necesitamos
tres síes más uno para cruzar esas puertas, para recorrer
el camino que va de los alrededores de Belén a las afueras
de Jerusalén. Dos los recibimos y los otros dos los damos.
El primero que recibimos, y a veces el último que descubrimos,
acontece en nuestra navidad. Es el sí primero de Dios a nuestra
vida con todo, la afirmación honda que nos tiene en la existencia,
en este sí de puro amor respiramos y somos.
El
segundo es el de aquellos que nos tomaron en brazos al nacer, nuestros
primeros cuidadores: nos alimentaron, nos protegieron, nos acompañaron
con lo mejor de ellos y también con sus heridas. Su sí
nos ha permitido crecer y ocupar nuestro lugar único en el
mundo. El tercer sí lo damos. Este a veces nos cuesta más.
Es el sí que nos ofrecemos a nosotros mismos, la asunción
de la propia vida en su espesor, en su ambigüedad, con los avatares
de su historia, y también con toda su belleza y sus posibilidades
aún por estrenar.
El
cuarto sí es el que nos hace más parecidos a Dios. Es
el sí que entregamos a los otros para afirmar sus vidas también
con todo, sin dejar nada fuera, una afirmación que sana y que
potencia. Es el sí que Isabel dio a María cuando ésta
fue a visitarla. Está hecho de reconocimiento, de respeto y
de alegría por el trabajo secreto de Dios en cada uno: “Dichosa
tú, dichoso tú”.
Para
llegar hasta nosotros, para ofrecer el sí de Dios al mundo,
Jesús cruzó las puertas de la humildad amorosa y el
mismo camino nos está abierto a nosotros para llegar a Él.
En el libro de la Sabiduría hay una descripción muy
hermosa: “Un silencio sereno lo envolvía todo/ y al mediar
la noche su carrera/ tu Palabra todopoderosa/ vino desde el trono
real de los cielos…” (Sab 18, 14). En la noche, en el
silencio, vino superando toda expectativa, toda razón, aún
toda sabiduría, porque no vino “como guerrero implacable...llevando
una espada acerada...” (Sab 18, 15). No vino como luchador sino
como niño, no vino armado sino desarmado, como un infans entregado
y abandonado a nuestras manos.
In-fans,
significa no hablar, no pronunciar, “el que no habla”.
El que tiene todo el poder y el honor, se muestra despojado de poderes
y de honores. La Palabra enmudece. El desvalimiento de un niño
se parece al desvalimiento de un hombre sometido y despojado de todo
en una cruz. Allí tampoco habla, ni se defiende, los brazos
del niño suscitan amor, los brazos del crucificado lo piden
también sin pronunciar palabra. Ambos esperan alguien que responda
y que diga: Sí. Otro modo de expresar este sí es decir:
te quiero.
4.-
Pacificados en nuestras ansias
Jean
Vanier convive en su comunidad del Arca con personas que presentan
discapacidades y estas relaciones lo han acercado más al fondo
de la vida, al fondo de Dios. Él lo expresa así: “Durante
más de treinta años he estado compartiendo mi vida con
hombres y mujeres discapacitados, a veces con una profunda discapacidad.
Y día tras día descubro esta verdad: nos necesitamos
unos a otros. Comprendemos con facilidad que alguien débil
necesite de alguien fuerte, pero nos cuesta más entender que
alguien fuerte necesite exactamente igual de alguien débil...Necesitamos
personas que sean pequeñas y vulnerables.”9
Es
increíble que la pequeñez y la vulnerabilidad sean las
tarjetas de visita de Dios. La Navidad es el memorial de esta verdad,
que una y otra vez se nos olvida. No nos tiende la mano desde arriba,
sino que se muestra necesitado desde abajo. Nos ayuda desde la debilidad.
Está él también envuelto en flaqueza (Hb 3,18);
como si no hubiera otro modo de poder ser compasivos. Los primeros
testigos de este intercambio fueron unos pastores. Sospechosos por
sus contemporáneos de hacer trampas, y no bien vistos, ellos
reciben con asombro una nueva visión sobre la realidad, sobre
ellos mismos, sobre sus imágenes de Dios.
Su
única riqueza para recibir esto es su receptividad, el tener
que velar por la noche los tiene en estado de atención. Vigilantes
para que los ladrones y los lobos no dañen a sus ovejas, ellos
están despiertos mientras otros duermen. Mantienen sus ojos
abiertos y se ofrecen calor y compañía. En un primer
momento recibir de golpe tanta luz les ciega y el miedo se apodera
de ellos. Siempre que tenemos posibilidad de más luz en nuestra
vida, siempre rondan también los miedos. Ver de nuevo, ver
otras cosas distintas de aquello que creíamos ver, que nos
hemos acostumbrado a ver, es también nacer de nuevo, y toda
transformación se encuentra bloqueada por el miedo. Al lado
del miedo, dentro de su concha, la perla de la alegría aguardando
a ser descubierta. Necesitamos despertar el pastor interior que hay
en nosotros, nuestra capacidad de atención a la vida, de buscar
con otros, de dejarnos sorprender…
La
luz y la voz ponen a los pastores en marcha. Preciosas mediaciones
que movilizan su búsqueda y encaminan con ligereza sus vidas
hacia al encuentro. Las señales son mínimas, cotidianas,
demasiado sencillas: un niño, unos pañales, un lugar
que frecuentan animales... ¿No habrían visto nacer a
otros niños de noche y en condiciones de pobreza? ¿Por
qué aquel iba a ser diferente? ¿Cómo podría
ese indefenso niño traer tanta alegría, tanto amor,
tanta paz...? Precisan ir juntos para descubrirlo: “Vamos a
Belen a ver” (Lc 2,15).
Hay mucho que ver en Belén, pero no todas las miradas pueden
recibirlo. Hay miradas opacas que no se alegrarán, y miradas
desconfiadas que no lo entenderán. Sólo las miradas
y las pisadas de los pobres y pequeños se admirarán
y la paz del corazón será su recompensa. Una paz que,
desde ellos, desbordará.
En
Belén somos pacificados de nuestras ansias de hacer más
y de conseguir más, de nuestras ansias de poder y de retener,
y si permanecemos en silencio allí, ante el niño acostado
en el pesebre, brotará en nosotros un deseo hondo de ser; de
ser aquello que somos ya en el rostro abierto de aquel Niño.
Un deseo de honrar cada existencia y de bajar a mirar ese lugar interior
no profanado en cada persona, el lugar de su niñez y de su
paz.
Escribía
la hermanita Magdeleine, que a lo largo de su vida contempló
mucho y bebió de las fuentes de Belén: “Desde
hace años sueño como si la viera, una nueva imagen de
la Virgen…No una Virgen que estrecha tiernamente al niñito
Jesús en sus brazos, sino una Virgen que da al mundo su niño
Jesús de unos meses, envuelto en pañales, ella lo ofrece
acostado en sus manos con un gesto tan expresivo que cada uno tenga
ganas de recibirlo.10”
Dichosos
nosotros si podemos gustar y abrazar la paz del corazón que
trae este Niño, y ofrecerla anchamente para que otros puedan
también recibir su don; sin defensas, sin precios, sin temores.
5.-
Solamente es un niño
Cuentan
que cansado del trato incesante con la gente, Serafín de Sarov
se escapaba a veces a recobrar el aliento a su querido bosque. Un
anciano monje les dijo a los que fueron a buscarlo: “no tendréis
muchas posibilidades de encontrarlo. Se ocultará entre la maleza.
A no ser que responda a la llamada de los niños. Haced que
corran delante de vosotros”.
Éramos unos veinte los que lo llamábamos. -“¡Padre
Serafín!, ¡padre Serafín!”
Al oír nuestras voces infantiles, no pudo mantenerse oculto,
su cabeza de anciano apareció por encima de la maleza…
-“¡Tesoros míos! ¡Tesoros míos!”
Murmuraba estrechándonos a cada uno en su pecho. Lo abrazábamos
confiados, felices. Pero el joven pastor Sioma volvió hacia
atrás y corrió al monasterio gritando: “¡Por
aquí! ¡Por aquí! ¡Allí está
el padre Serafín!
Sentimos vergüenza, nuestras llamadas, nuestros abrazos, nos
parecieron una traición.
Al volver al monasterio, la pequeña Lisa, la primera que estrechó
entre sus brazos, se acercó a su hermana y tomándola
de la mano le dijo: “el padre Serafín pone cara de estar
viejo. Pero es un niño como nosotros, ¿verdad, Nadia?”11
Emociona
sentir que también Jesús fue un niño como nosotros.
Solamente un niño. Celebrar la Navidad, honrar y reverenciar
el nacimiento de Jesús, tiene que ver también con poder
honrar nuestras raíces y nuestro modo concreto de acontecer.
Todos nacemos formando parte de una red de relaciones que se va ensanchando
a lo largo de la vida: nuestra familia de origen, los demás
parientes, las relaciones que libremente vamos estableciendo…Jesús
pasa también por estas redes y las asume. En su árbol
genealógico no sobra nadie (cf. Mt 1, 1-16) y las mujeres que
aparecen en él dan cuenta de hasta qué punto nuestra
vida está mezclada y cada color, aun los de tonos más
oscuros, y cada sabor y cada rostro, tienen su aporte en nuestra historia
de salvación.
Es
muy importante en esta historia dar un sitio a todos los que forman
parte de nuestra familia de origen, no excluir a nadie. Dar su nombre
y su lugar a todos aquellos que a su vez hicieron sitio por nosotros
y nos sostienen desde atrás12. Nuestro primer don es la vida
que recibimos, no nos pertenece, otros nos la han dado y nosotros
la pasaremos si podemos y la llevaremos adelante. Nos reconocemos
hijos de nuestros padres y nos inclinamos ante sus vidas con gratitud,
y ante aquellos que, a su vez, se la dieron a ellos; y celebramos
al mismo tiempo que somos mucho más, que compartimos un vínculo
aún más hondo, un nacimiento mayor. “¿De
qué me serviría si Jesucristo hubiera nacido de Dios
y yo no? se preguntaba Eckhart. La misma vida divina que late en el
hombre Jesús, late también en nosotros”13, y nuestro
destino es experimentar esta vida.
Dios
aparece como niño, mostrándonos que la verdadera dimensión
del ser humano es hacerse niño. Desbloquear en nosotros las
fuentes de la inocencia y de la bondad. Para un niño todo es
posible, es una inmensa e interminable disponibilidad. “En una
carne espiritual callosa, fosilizada, endurecida, Dios no puede vibrar.
Dios vibra siempre en lo tierno. La Navidad evoca en nosotros aquel
niño que fuimos y aquel niño en el cual, cuando soñamos,
todavía captamos la presencia de Dios...El niño es un
ojo abierto y maravillado ante esta Presencia”14.
6.-
Como ciegos tocados por la luz
En
los orígenes de Jesús, ya en sus primeras etapas, comienza
a hacerse el boceto de lo que se va a desarrollar después.
En torno a él, se mueven personajes oscuros y otros tocados
por la luz. Los que no son capaces de verlo ahora serán también
los que acabarán rechazándolo al final. Siempre me ha
impactado esta afirmación del prólogo de Juan: “vino
a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11); y pensar
que también Herodes, y los fariseos, y el sumo sacerdote, eran
de los suyos. A veces he caído en la tentación de creerme
del lado de los que lo recibieron, pero si miro de verdad mi vida
hay tantas zonas en las que no he sabido recibirlo aún…Más
bien querría sumarme a aquellos que habiendo sido tocados por
la luz, regaladamente, aún ven a los hombres como árboles
( Mc 8, 24) y siguen necesitando que él toque sus ojos de nuevo
cada vez.
En
la liturgia de la Navidad, san Esteban, san Juan, los santos inocentes...son
imágenes de luz que se arrodillan en torno al pesebre, frente
a ellos la dura noche y la ceguera, y la luz se proyecta hacia la
cruz. Desde el principio la vida del niño se encuentra amenazada.
El antiguo orden no quiere ceder sus poderes y debe mantener a Dios
en su lugar. Como los magos, también nosotros nos dirigimos
primeramente a los palacios de nuestra sociedad del bienestar y a
los herodes contemporáneos, hasta que nos damos cuenta de que
allí no encontramos lo que vamos buscando, que allí
se anula y se anestesia la vida; esa vida de Dios que quiere crecer
en nosotros. Sólo cuando nuestros ojos se abren, como se abrieron
los cofres de los magos ante el Niño, descubrimos asombrados
que no hay nada que no sea su epifanía; que no es que Dios
no se manifieste sino que nos faltan ojos para descubrirlo.
Los
magos de Oriente son el símbolo de tantos hombres y mujeres
que, en cualquier parte del mundo, desde otras sendas y tradiciones
espirituales, se preguntan, buscan y caminan. Una leyenda los presenta
como un rey joven, otro anciano y otro negro, queriendo significar
que todos los ámbitos del ser humano se hacen patentes a lo
largo del camino, hasta poder encontrar al niño y adorarlo.
Según esta leyenda los magos pierden la estrella justo antes
de llegar y fueron los pastores, las potencias del corazón,
los que les enseñaron el camino15. El oro del amor, el incienso
de nuestros anhelos; y la mirra de nuestros dolores y de aquello que
sana las heridas, es entregado al que nos lo ha dado todo primero.
Una
vez que la luz del Niño nos toca ya no podemos seguir por el
mismo camino, el camino de la epifanía -el camino de la compasión-
es ahora el nuestro: descubrir el amor y manifestarlo. Descubrirlo
donde no esperábamos y llevarlo a otros por donde aún
no sabemos. Como ciegos tocados por una luz que nos indica los modos:
en vulnerabilidad, en pobreza, en humildad, en alegría.
Dice
el escritor africano Sobonfu Somé: “El nacimiento es
la llegada de alguien venido de fuera que debe sentirse bienvenido.
Es necesario que tenga la impresión de llegar a un lugar donde
los seres humanos están preparados para recibir sus dones”16.
Quizá toda nuestra vida cara a Dios sea esta preparación.
Recuerdo
una casa muy pobre en Copiapó, en Chile, y en ella una capilla
con mucha luz de las Hermanitas de Jesús. Allí tenían
como su mayor tesoro, sobre un paño tejido en tonos vivos,
el niño del color de la tierra, sonriendo y con sus brazos
extendidos. Hace unos años ellas enviaban desde Roma una felicitación
de Navidad, vamos a dejar que hoy sea también la nuestra. Brota
de unas vidas arrodilladas ante el pesebre y ante los otros: