No era fácil
creer a Jesús. Algunos se sentían atraídos por
sus palabras. En otros, por el contrario, surgían no pocas dudas.
¿Era razonable seguir a Jesús o una locura? Hoy sucede
lo mismo: ¿merece la pena comprometerse en su proyecto de humanizar
la vida o es más práctico ocuparnos cada uno de nuestro
propio bienestar? Mientras tanto, se nos puede pasar la vida sin tomar
decisión alguna.
Jesús cuenta dos pequeñas parábolas para seducir
el corazón de aquellos campesinos. Un pobre labrador está
cavando en un terreno que no es suyo. De pronto encuentra un «tesoro
escondido». No es difícil imaginar su sorpresa y alegría.
No se lo piensa dos veces. «Lleno de alegría», vende
todo lo que tiene y se hace con el tesoro.
Lo mismo le sucede a un rico «comerciante en perlas finas».
De pronto se encuentra una perla de valor incalculable. Su olfato de
experto no le engaña. Rápidamente toma una decisión.
Vende todo lo que tiene y se hace con la perla.
El reino de Dios está «oculto». Muchos no han descubierto
todavía el gran proyecto que tiene Dios de un mundo nuevo. Sin
embargo, no es un misterio inaccesible. Está «oculto»
en Jesús, en su vida y en su mensaje. Una comunidad cristiana
que no ha descubierto el reino de Dios no sabe para qué ha nacido
de Jesús.
El descubrimiento del reino de Dios altera la vida de quien lo descubre.
Su «alegría» es inconfundible. Ha encontrado lo esencial
de la vida, lo mejor de Jesús, el valor que puede cambiar su
vida. Si los cristianos no descubrimos el proyecto de Jesús,
en la Iglesia no habrá alegría.
Los dos protagonistas de las parábolas toman la misma decisión:
«venden todo lo que tienen». Nada es más importante
que «buscar el reino de Dios y su justicia». Todo lo demás
viene después, es relativo y debe quedar subordinado al proyecto
de Dios.
Esta es la decisión más importante que hemos de tomar
en la Iglesia y en las comunidades cristianas: liberarnos de tantas
cosas accidentales para comprometernos en el reino de Dios. Despojarnos
de lo superfluo. Olvidarnos de otros intereses. Saber «perder»
para «ganar» en autenticidad. Si lo hacemos, estamos colaborando
en la conversión de la Iglesia.