José Antonio
Marina
La Vanguardia
1.
Manténgase activo física y mentalmente.
Este es el gran antídoto. Nos permite, además, huir
de la introspección y de la rumia nostálgica o quejumbrosa
que surgen tan fácilmente en situaciones de pasividad. En su
popular libro "Successful aging", Rowe y Kahn afirman que
hay tres componentes de un buen envejecer: (i) evitar la enfermedad,
(2) compromiso con la vida, (3) mantener la actividad cognitiva y
física. Estos tres factores pueden ser integrados en una vida
que mantiene actividades normales, valiosas y útiles. La gente
se siente comprometida con la vida cuando desarrolla actividades con
sentido.
2.-
No se intoxique de comodidad.
Propóngase alguna meta que le permita saber que progresa. Da
igual lo que sea: pintar, andar, aprender tailandés, cuidar
geranios, construir catedrales con palillos o jugar al dominó.
Por eso le ofrezco el mismo consejo que doy a mis jóvenes alumnos:
"Fíjese alguna pequeña meta". Que no sea ni
tan fácil que conseguirla no le produzca satisfacción
ni tan difícil que el fracaso sea demasiado probable. A todos
nos gusta ganar en una competición. Todos necesitamos crear.
Crear es hacer que algo valioso que no existía, exista. Y que
exista gracias a mí. Una amistad duradera, un gesto de cariño,
una terraza bien cuidada, una maceta florida, una rica comida, una
palabra de ánimo, una conversación divertida, son magníficas
creaciones que hacen habitable el mundo.
Crear es, sobre todo, mantenerse activos, alerta. Todos estamos intoxicados
de pasividad. De la misma manera que el enfermo renal se conecta a
la diálisis para sobrevivir, nos enchufamos a la televisión
para no tener que hablar ni pensar, para dejar que me vivan. Al final,
es lógico que nos entre la modorra, que es una enfermedad de
ovejas durmientes y constituye un obstáculo para ser felices.
Hay que salir de ese emperezamiento que nos consume. ¿Que al
hacerlo vamos a perder algo de nuestra comodidad? i Y a quién
le importa eso! No hemos nacido para estar cómodos, sino para
ser felices.
3.-
Cuide la higiene de sus sentimientos.
La vejez favorece la aparición del egocentrismo, la decepción,
la desilusión, los pequeños o grandes resentimientos,
el pesimismo. Todo esto contribuye a limitar la vida del anciano.
4.-
Esfuércese en hablar de cosas que interesan a los demás
y en escucharlos.
Tiene que ver con lo anterior. Esforzarse en demostrar ese interés
nos libra del enclaustramiento en nosotros mismos.
5.-
Cuide de alguien o de algo.
Todos damos por supuesto que la vejez es una edad para recibir cuidados,
pero todo el mundo puede cuidar a alguien de alguna manera. Nada envejece
tanto como pensar que se deben recibir cuidados, pero no dispensarlos.
Nuestras responsabilidades no quedan abolidas por la edad. Eleanor
Roosevelt, la mujer del famoso presidente de Estados Unidos, mantuvo
una intensa actividad en defensa de los derechos humanos hasta una
edad avanzada. A los 75 años escribió sobre el secreto
de su vida: "Lo que más me ha mantenido activa tanto tiempo
es la necesidad de ayudar a los demás".
6.-
Aprenda una nueva sociabilidad.
El anciano suele sentirse o estar solo. Muchas de sus antiguas relaciones
han desaparecido o se han alejado. Intente buscar nuevas relaciones,
colaborar en proyectos, acudir a centros sociales, participar en organizaciones
culturales, viajes, partidas de mus, lo que sea. San Agustín,
un perspicaz analista de sí mismo, contaba que después
de la muerte de un amigo quedó embargado por una profunda tristeza,
que no desaparecía con el tiempo. Al final comprendió
cuál era su situación: "Requiescebat in amaritudine"
("estaba confortablemente instalado en la amargura". En
eso podemos caer todos.
7.-
Defienda con uñas y dientes alguna parcela de autonomía
y de independencia.
La limitación de las condiciones físicas tiende a reducirla
autonomía, pero conviene tener mentalidad de resistente. Incluso
las personas enfermas se encuentran mejor de ánimo cuando pueden
tomar alguna decisión sobre sus propias vidas. Las instituciones
que se ocupan de ancianos - residencias o clínicas- deben respetar
por todos los medios esa parcela de autonomía y de libertad.
8.
Eduque la atención.
Este es un tema central en toda la pedagogía oriental.
Concéntrela en lo que hace, o en el mundo exterior. Una manera
fácil es realizar cuidadosamente tareas manuales. Se trata
de evitar que el cuerpo y sus alteraciones se conviertan en el eje
de su vida. Un problema sobreañadido es que la falta de intereses
externos hace que los ancianos estén demasiado pendientes de
cualquier alifafe, con lo que se amplifican todos los malestares.
9.-
Procure leer.
La lectura es un gran estimulante mental. La televisión es
pasiva; la lectura, activa. Los libros son maravillosos compañeros
que están siempre al alcance de la mano. Haga amistad con algunos
libros.
10.-
Preocúpese de su propia perfección.
La vejez no nos libera de intentar ser cada día lo mejor que
podamos. Ha sido un empequeñecimiento terrible que la psicología
haya venido a sustituir a la ética. Toda la vida íntima
se ha convertido en acontecimiento psicológico, perdiendo su
característica básica, que es una dimensión que
trasciende la propia situación personal. Las creencias básicas
de una persona continúan vigentes y actuantes. Quien ha tenido
un modelo claro y noble de vida continuará ateniéndose
a él. Y quien no lo ha tenido, siempre está a tiempo
de adquirirlo.
11.-
Resígnese a unas cosas, pero rebélese contra otras.
Esta es la gran sabiduría, que queda recogida en una antigua
oración que todo el mundo, puede rezar:
Que Dios me conceda serenidad
para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
valentía para cambiar las que sí puedo cambiar
y sabiduría para ver la diferencia